La necesidad de una revisión de la vida en Iglesia

Urban still life (Berlin)

El sábado tuve un encuentro con hermanos amados. Fue un encuentro de aquellos que disfrutas, en los que surgen conversaciones pausadas, calmadas y reflexivas. ¡Qué rápidamente prescindimos de las buenas relaciones en pro de las “buenas” ocupaciones!

En este sentido nos distanciamos del ministerio de Jesús, el cuál hizo su obra enfocándose en la gente. Él tenía conversaciones pausadas y reflexivas. Él caminaba junto con los doce compartiendo con ellos una amistad íntima. Y de eso no hay duda, Jesús estaba más ocupado de lo que cualquiera de nosotros podamos llegar a estarlo. Multitudes le seguían y constantemente demandaban de Él. Pero sabía que lo importante eran las personas.

La semana pasada leía un libro sobre los reformados y los puritanos, y venía a mi mente la extrema necesidad que tenemos de traducir la teología reformada y puritana a nuestros tiempos. Y no sólo esas, sino cualquier teología de los clásicos del cristianismo.

Con la buena teología corremos el peligro de tratar de memorizarla: familiarizarnos con su lenguaje y sus ideas sin profundizar en el entendimiento de ellas. Soy un apasionado de la literatura clásica del cristianismo, pero dicha literatura corre el peligro de ser dogmatizada. Las joyas que nos dejaron Spurgeon, Owen, McCheyne, Calvino o Lloyd-Jones son para que las leamos atentamente, las mastiquemos y reflexionemos en profundidad. Solo así podremos traducir aquello que comunicaron a nuestro tiempo. Porque sí, no hemos de adaptarnos a este mundo, sino renovar nuestra mente con el Espíritu, pero eso no significa que el Evangelio tenga que sonarnos a chino a nosotros hoy.

Vivimos en una sociedad de gran avance científico y tecnológico, en medio de saturación informativa, constantes distracciones y una cultura de ocio que nos hace pensar que el día debería contar con más de 24 horas. En cuanto a la moralidad, la humanidad ha metamorfoseado del “moralismo de las apariencias” al relativismo tajante. La sociedad de hoy no se parece en nada a la de hace 100 o 200 años. Hoy triundan los vídeos de Vine (de 20 segundos de duración) por encima de Youtube. Cada vez tenemos menos disposición para la reflexión pausada y para los contenidos largos.

Creo que es un error tratar de compartir el Evangelio en 20 segundos, porque si lo hacemos inevitablemente vamos a coger este mensaje tan trascendental y lo vamos a meter en una especie de píldora mágica para consumir. Pero al mismo tiempo no podemos meternos en nuestra cueva, con nuestro lenguaje encorsetado y nuestras costumbres heredadas (no de mandamientos biblicos sino de “cosas que se han hecho siempre así”).

Tenemos una única misión, y es la de compartir el Evangelio a los que lo desconocen. Y esto incluye a aquellos que conocen mucho como se las gastan las distintas religiones, pero desconocen por completo a Jesús y el Evangelio que nos trajo.

Pero pese a que el tema de la transmisión del Evangelio es de importancia crucial no es el único aspecto a revisar. Creo que debemos revisar la vida en Iglesia. Y en esto hay mucho en lo que reflexionar. Si analizamos la vida de la iglesia primitiva veremos que era una comunidad con fuertes relaciones personales, y con un mensaje que era anunciado con toda claridad.

En mi opinión debemos revisar nuestra vida de Iglesia. Pensar en si nuestras costumbres, la forma de culto y las jerarquías actuales hacen honor a lo que nos transmite el Nuevo Testamento o bien hacen honor a una cultura evangélica que añadió su cultura en algún momento de la historia para darle un contrato indefinido.

Ante esto corremos el peligro de mezclar el Evangelio con la cultura actual. Bañando el Evangelio de lo que es tan común a nuestro tiempo: realización personal, solución a tus problemas, comunidades lideradas por personas carismáticas y preparadas; un Evangelio de autoayuda. Debemos dejar a un lado las iglesias teatro, en las que domingo tras domingo hay unos actores y un público, para buscar las comunidades que tan bien reflejadas salen en el nuevo testamento (aunque queda claro que tenían sus problemas y conflictos).

No acertaremos si adaptamos el Evangelio a nuestro tiempo, lo que necesitamos es traducirlo a nuestro tiempo. El Evangelio no se puede moldear, pero si se debe hacer entendible para nosotros y nuestros contemporáneos.

¡Que Dios nos lo conceda!

¿Qué es la fe?

En los Evangelios destaca la constante acción de la fe en las personas que recibían los milagros de Jesús. Hasta el punto que en su población natal nos dice el evangelista que allí no pudo hacer apenas milagros por la falta de fe de ellos.

Vivimos en una época en la que la fe ha quedado oscurecida, ya que muchas veces quedamos confundidos por una Gracia en la que quedamos inmóviles, sin nada que hacer. ¿Qué lugar tenemos en la salvación? Si la salvación es solamente por Gracia (y así queda claro que es), ¿Da igual lo que hagamos? Si Dios (Jesús) es el que nos salva sin que nosotros hagamos nada para merecerlo, ¿Significa esto que no tenemos que hacer nada? Son preguntas que parecen llevarnos a una encrucijada, en la que o bien decimos que nada se hace en la salvación o bien que la salvación no es solamente por Gracia. Sin embargo el Nuevo Testamento deja muy claras ambas cosas, en primer lugar que la salvación es algo que Dios hace por nosotros, siendo nosotros completamente incapaces de ni siquiera dar un paso en esa dirección. También queda muy claro que la fe es vital, sin ella no había milagros ni tampoco hay salvación.

Llegados a este punto en el que parece que nos encontramos en una encrucijada quizás sea importante cuestionar lo que pensamos que es la fe. La Biblia no se contradice a sí misma. Cuando parece que lo hace es porque detrás de lo aparente hay algo más profundo para comprender. Tenemos un claro ejemplo de esto en lo que transmiten algunos de los escritos de Pablo, en los que enfatiza la salvación por fe y no por obras, y la carta de Santiago en la que dice que no existe la fe sin obras. Una aparente contradicción que nos sirve para vislumbrar la profundidad de la Gracia de Dios, que no queda en un perdón de palabras, sino dispuesto a transformarnos. Es la consecuencia inevitable de la fe, porque Dios ha querido y puede hacerlo. Y cuando nos salva, no lo hace simplemente diciéndonos que nos perdona, sino haciéndonos nacer de nuevo en una vida que está en unión con Cristo. Dios nos perdona de tal manera que nos envía a Su Santo Espíritu para que habite en nosotros. ¡Suya es la obra de transformación!

Pero si he comenzado a escribir este post es porque el relato bíblico que comparto a continuación me ha llevado a pensar sobre la fe.

Al momento, una mujer cuya hijita tenía un espíritu inmundo, luego que oyó acerca de Él, fue y se postró a sus pies.
Y la mujer era griega, de nacionalidad sirofenicia, y le rogaba que echara fuera el demonio de su hijita.
Pero le decía: Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien quitar el pan de los hijos y echarlo a los perros.
Pero ella respondió diciendo: Señor, también los perros debajo de la mesa comen de las migajas de los hijos.
Y le dijo: Por esta respuesta, anda, el demonio ha salido de tu hija.
Y al llegar a su casa, halló a la niña acostada en la cama y salido ya el demonio.
Marcos 7:25-30

Aquí vemos a una mujer griega acercándose a Jesús en un momento de tremenda necesidad. Ella está desesperada. Su hija sufre a causa de un demonio que la atormenta. Va a Jesús porque cree sinceramente que él la puede ayudar. Se oían cosas maravillosas de ese hombre. Hacía toda clase de milagros. Él era la ayuda que su hija necesitaba.

Pero Jesús le da una respuesta cortante. En aquella época los gentiles no tenían el mismo acceso al Templo que los judíos. Ellos tenían una zona exterior reservada. No podían pasar de allí. Era un símbolo de que el acceso a Dios estaba limitado al pueblo judío. Los demás gozaban de beneficios, pero en un segundo plano. En una zona apartada del centro del Templo.

Las palabras de Jesús “no está bien quitar el pan de los hijos y echarlo a los perros”, no fueron unas palabras puramente impertinentes e irrespetuosas. Fueron unas palabras que reflejaban una realidad patente en aquel tiempo. Ahora sabemos que Jesús iba a hacer llegar su salvación a toda lengua y nación, pero en aquel entonces parecía algo reservado a los judíos.

Pero la respuesta de aquella mujer es tremenda. Ella le dijo que aún los perros recogían las migas de la mesa de sus amos. ¿Qué estaba diciendo esta mujer con esas palabras?

En primer lugar no discute su identificación con los perros. No sale de su boca un “yo no soy menos que ellos”. Ella acepta su condición, no la discute y no basa su petición en base a defender un mejor concepto de sí misma respecto a otros. Esto es algo tremendamente importante, y tiene mucho que decirnos sobre la naturaleza de la fe.

En segundo lugar con su respuesta dijo que los maravillosos milagros de Jesús, como el liberar a su hija del tremendo sufrimiento que suponía estar esclavizada por un demonio, no eran más que migas. Ella de alguna manera veía el más allá del Jesús que veían sus ojos, el Jesús que era un hombre justo y con una sabiduría que jamás se había visto´. El Jesús de los milagros. La auténtica comida que había venido a traer era mucho más que las migas de sus maravillosos milagros. Este es otro punto importante que nos habla de la fe.

La fe va mucho más allá de creer en el poder de Jesús para obrar milagros o realizar sanaciones. ¡Ojo! No digo con esto que haya que descartar el poder de Jesús para hacer los milagros o sanaciones que le plazcan. Lo que digo es que no podemos quedarnos anclados en lo espectacular, en lo milagroso, porque Dios es mucho más que eso. Además esta historia nos deja como enseñanza que Jesús es mucho más que el beneficio propio. Aquella mujer llamó a su beneficio propio “migas”, porque sabía que Jesús había venido para algo mucho más grande, por muy maravilloso que fuera que su hija dejara atrás un sufrimiento tan desgarrador durante largo tiempo.

Quizás este encuentro entre aquella mujer nos deja mucha más enseñanza acerca de la fe que muchas catequesis, declaraciones de fe o tomos de teología sistemática (por útiles que sean estos). Ya que nos dejan dos claves sobre la fe, en primer lugar que no se trata de que tengamos un mayor valor como personas, sino que aceptando nuestra condición nos cogemos a Cristo esperando su misericordia. Y en segundo lugar, que la fe va mucho más allá del creer que Dios tiene poder para hacer milagros en nuestra vida, que esos son las migas que caen de una mesa en la que se sirve un gran banquete.

¿Hemos degustado algo del banquete? ¿Esperamos siquiera esas migas que caen de la mesa? ¿O buscamos migas como si éstas fueran el banquete?

Jesús es Dios

Llevo tiempo sin escribir. He pasado por una de esas fases de apatía espiritual en la que no te cuestionas tu fe en Dios, pero en las que te haces muchas preguntas acerca de ti mismo y la autenticidad de tu fe. No se si os pasará a vosotros, o bien soy un bicho raro.  Sea de un modo u otro, a mi me suele pasar. A veces uno está desganado, desearía tener sed y hambre de Dios pero se siente desnutrido y sin hambre.

En esos momentos uno se pregunta qué es lo que ha pasado. ¿Cómo se ha podido pasar de tener un deseo ardiente por Dios a tener una apatía difícil de eludir?

No cabe duda de que hay algo claro en las Escrituras que nos puede responder a esto. Si de pronto hemos perdido nuestro sentido y nuestro deseo espiritual es porque o bien hemos contristado al Espíritu o bien lo hemos apagado. El Espíritu es el que nos da ojos para ver, oídos para oír y corazón para comprender. Cuando nos volvemos ciegos, sordos e insensibles a las cosas de Dios es porque sin duda tenemos algo que afrontar delante de El.

No se bien por qué he comenzado este post compartiéndos esto. Supongo que porque son las preguntas que me he hecho a mí mismo durante las últimas semanas las que me han llevado al tema del que os voy a hablar.

¿Quién es Jesús para ti? Quizás pienses que esa es una pregunta absurda, ya que este es un blog cristiano. Pero creo que se puede acomodar la figura de Jesús de muchas formas, algunas de ellas de ellas pueden ser muy violentas para los que gozáis de cierto discernimiento espiritual, otras pueden ser tremendamente sutiles.

En estos días estoy comprendiendo la importancia y las implicaciones de que Jesús es Dios. El hecho de que voluntariamente se despojara de sí mismo al hacerse un hombre, ser maltratado por esas personas que eran creación suya, y morir sufriendo una separación con su Padre que no podía imaginar ni la mente más creativa de los ángeles, no significa que su Poder y Gloria hayan disminuido ni un ápice. El la dejó y la volvió a tomar.

Hemos de llevar cuidado de no rebajar la persona de Jesús. Su humanidad nos debe llenar del más grande de los asombros. Él no queda representado por figuras de madera, ni acompañado por infinidad de santos o vírgenes que ayuden a las personas a acceder a Él, ni es el siervo de telepredicadores que dicen tener una autoridad que deja a Jesús a su servicio, tampoco es alguien que vive para hacernos felices y hacernos sentir realizados. Él es nuestro Dios.

Aquí entramos en terreno resbaladizo porque si algo ha habido peligroso de las sectas es que sus líderes, hombres que destacaban y que decían tener acceso al cielo, se alzaban como dioses. Por lo que es de vital importancia que pensemos en la realidad de que Jesús es Dios.

No hay términos medios en el cristianismo. Si Jesús no fuera Dios todo el cristianismo se viene abajo hasta derrumbarse. Su resurrección es la prueba de que Jesús no era un mentiroso ni alguien con delirios de grandeza. Y hay que decir que sin la resurrección de Jesús y la presencia de su Espíritu habría sido imposible que el cristianismo trastornara el mundo, y volviera a hacerlo en repetidas veces a lo largo de la historia hasta nuestros días.

Pero el hecho de que Jesús sea Dios tiene unas fuertes implicaciones. Él nos ha comprado con precio de su propia sangre. El nos ha vuelto a traer a la relación que debíamos tener con Dios. Ese es el punto central de nuestra salvación. Volver a nuestro correcto rol en la relación con Dios. Jesús nos dijo que ahora ya no nos llamaba siervos, sino amigos, pero creo que hemos cogido esas palabras y las hemos maltratado. Aunque podamos ver que somos amigos de Jesús, eso no quita que Él sea nuestro Dios, nuestro buen dueño.

Tenemos el enorme privilegio de haber sido creados por un Dios que es perfecto, todopoderoso y misericordioso. Él no nos abandonó a su juicio. Llegó hasta límites insospechados para perdonarnos y volvernos a dar la vida que se nutre de El, le obedece y le disfruta.

No olvidemos que la santificación no es otra cosa que caminar en pos de una correcta relación con Dios. Relación que es de criatura a Creador.

Algo más que un impacto

Los cristianos muchas veces vamos tras algo que impacte nuestras vidas y nos suponga un punto de inflexión en nuestra relación con Dios.

Un chocante sermón, una reunión, un evento, un campamento… Las opciones son variadas y solemos poner muchas esperanzas cuando acudimos a algún lugar especial. Muchas veces así sucede. Algo nos impacta profundamente y por días o incluso semanas disfrutamos de cercanía con Dios, acogemos buenos hábitos, estamos motivados… Pero poco a poco la fuerza del impacto pasa y no tardamos en estar como estábamos antes.

Ayer compartía una reflexión en el podcast que nos deja la resurrección de Jesús. ¿Qué pudo haber más impactante que ver a Jesús resucitado después de haberlo dado por muerto (y con él todas las esperanzas que estaban puestas en Él)?

Sin duda el ver a Jesús resucitado ocasionó una gran convulsión entre sus discípulos. La alegría, el gozo y la motivación tuvieron que ser enormes. Sin embargo Jesús les mandó esperar al Espíritu Santo antes de mover un sólo dedo. ¿Por qué?

No estamos tan necesitados de experiencias impactantes que generen un cambio en nosotros. Necesitamos la vida de Cristo en nosotros. La carne de nada aprovecha, por muy motivada que esté.

No podemos eludir la falta del Espíritu de Cristo en nuestra vida. Sin aceite nuestras lámparas se apagan. Pidamos al que suministra el aceite, convencidos de que sus promesas son verdad. No hay otra forma de conocer realmente a Jesús, no hay otra forma de tener comunión con Él y con el Padre. No necesitamos ser motivados, necesitamos el Poder de lo Alto que hizo posible Jesús en aquella espeluznante cruz.

Imagen de Víctor Bautista bajo licencia Creative Commons

1×04 Cristo en vosotros

Os comparto estas reflexiones sobre la vida del Espíritu Santo en el interior del creyente, y sobre lo que creo que son las distorsiones actuales (una a cada extremo) de este tema tan crucial en el Nuevo Testamento.

Ser crucificados juntamente con Cristo

 

El Nuevo Testamento desborda del llamamiento a ser crucificados juntamente con Cristo, tomar nuestra cruz, ser muertos al pecado… ¿Qué significan todas estas afirmaciones?

En la actualidad hemos diluido el Evangelio hasta límites insospechados. Hemos convertido este Evangelio tan sublime y trascendental en una especie de dogma con el que damos esperanza a nuestras tristes vidas. Los ateos muchas veces nos dicen “si a ti te sirve creer en Dios y te hace feliz, me alegro por ti”. Y creo que no van demasiado desencaminados, pues muchas veces esa es la recompensa que buscamos de Dios, que nos sirva y nos haga felices.

Sin embargo esto es totalmente contrario al mensaje del nuevo testamento, donde se nos habla de nacer de nuevo, de hacer morir las obras de la carne, de renovar nuestras mentes por el Espíritu, de tomar nuestra cruz y seguir a Jesús, de ser crucificados juntamente con Cristo. ¿Qué lugar ocupa todo eso en nuestro cristianismo? Es algo que llevo preguntándome hace tiempo, en singular, a mi mismo.

No cabe duda de que somos llamados a seguir las pisadas del gran Maestro. Él no hacía su propia voluntad sino la de su Padre. Él vivió para la misión que el Padre le había mandado, la más sublime que ha habido y habrá por toda la eternidad. Él dirigió su persona entera a la cruz, su santo ser humano. Nosotros nacemos en el Espíritu que Jesús nos ha dado. El Espíritu es contra la carne y la carne contra el Espíritu. Hemos de entender la carne no como la materia de nuestro cuerpo, sino como todo lo que somos, en cuerpo, mente y alma, al nacer. La carne es todo lo que somos. Todo ha de morir, está condenado a morir y nada de lo que somos se puede salvar. Jesús nunca nos ofreció ser mejores hombres o mujeres, Jesús vino para darnos nueva vida.

La nueva y la antigua vida convivirán en nuestro ser mientras nuestro corazón siga funcionando. Somos llamados a sujetar y dominar lo que somos, por medio de esa nueva vida que nos ha sido dada, la cual se caracteriza por la comunión con Dios y nuestra completa dependencia de Él.

Así como Cristo estuvo en aquella cruz en las más oscuras horas de la historia de nuestro mundo, así hemos de considerar nosotros al viejo hombre, agonizando en aquella cruz con Cristo. Dispuesto al juicio divino. Ahora nuestra vida es en Cristo. Ahora vivimos por y para Dios. El viejo hombre ha sido crucificado juntamente con Cristo.

¿No es esto una salvación por obras? La salvación por obras es una salvación que logramos por lo que hacemos. No es este el caso que estamos tratando. No podríamos hacer morir las obras de la carne si no fuera porque Jesucristo murió en aquella cruz. No podríamos de ninguna manera nacer en el Espíritu, tener comunión y paz con Dios, ni andar en el Espíritu de no ser por Jesús, su intervención para ganar nuestro perdón y de habernos Él enviado a Su Espíritu a morar en nosotros.

Al fin y al cabo, la santificación es ir permitiendo que vaya muriendo el que siempre hemos sido y que vaya creciendo el que somos y seremos una vez crucemos el humbral de la eternidad.

Imagen de M a n u e l bajo licencia Creative Commons

Los siervos de Dios

Martes, marzo 24, 2015 0 Permalink

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De cierto os digo: Entre los nacidos de mujeres, no ha sido levantado uno mayor que Juan el Bautista, pero el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él.
Mateo 11:11

Cuando gracias a un hermano, sea de nuestra época o del pasado, recibimos enseñanzas que impactan en nuestras entrañas, cuando la luz de la Palabra es abierta, tendemos a poner a dichos hermanos en un pedestal.

Eso contrasta con estas palabras de Jesús, en las que reconoce que Juan el bautista fue el hombre con la misión más importante. Él abrió paso a Jesús. Por lo que entre los nacidos de mujer no ha sido nadie mayor. ¿Cuál de los profetas pudo comunicar una luz tan clara como la llegada del Mesías prometido?

Sin embargo, y pese a la gran importancia de Juan el bautista para Jesús, es el más pequeño en el reino de los cielos.

No olvidemos esto. Por mucho que hermanos prediquen fielmente la Palabra y lo hagan en el poder del Espíritu Santo, ellos son hombres con pasiones semejantes a las nuestras. Aprovechemos sus enseñanzas, demos gracias a Dios por haber enviado obreros a sus míes, pero no nos quedemos allí. Su función es mostrarnos la puerta de lo celestial, pero somos nosotros los que debemos entrar. Ellos solo pueden señalarnos el camino, pero lo hacen para que lo andemos. Hay una gran distancia entre lo celestial y lo terrenal, no idolatremos a meros hombres. Valoremos su trabajo justamente, no lo menospreciemos. Pero que sus enseñanzas nos lleven a seguir a Cristo y no a un movimiento que está basado en el polvo de la tierra.

Fotografía de Antonio López bajo licencia Creative Commons

El bautismo con el Espíritu Santo

El tema del bautismo con el Espíritu Santo está capturando mi atención en los últimos meses. He escuchado diversas opiniones basadas en las escrituras, tanto a favor como en contra. Sin duda un tema que, en mi opinión, hemos de tratar con precaución y tratando de buscar lo que la Biblia dice, y no lo que filtrar sus palabras por lo que conocemos por propia experiencia (como dijo Lloyd-Jones en su libro sobre el tema).

¿Se recibe el bautismo con el Espíritu Santo necesariamente en la conversión? Esa es la opinión que reina entre los reformados actuales, pero no tanto en algunos hombres de la historia de la Iglesia que gozaron y gozan de respeto por su fidelidad a las Escrituras, como fueron Martyn Lloyd-Jones o A. B. Simpson.

En cuanto a la opinión de que necesariamente el bautismo con el Espíritu Santo se recibe en la conversión leí el libro “El bautismo con el Espíritu Santo: Una perspectiva reformada” de Donald Macleod. El libro me pareció interesante en sus inicios, pero más tarde creo que se desliza para referirse a los catecismos protestantes como máxima autoridad, lo cual considero un peligro. Si los argumentos refieren a ciertos catecismos o confesiones reformadas y no a la Palabra de Dios… Pero no cabe duda que pese a esto es un libro con buenos argumentos.

Por otro lado he visto estos dos sermones de Richard Caldwell que nos compartieron en el blog Lumbrera. Sin duda el argumento se basa enteramente en las escrituras.

Pero por otro lado uno se topa con un libro como “Gozo inefable”, en el que Martyn Lloyd-Jones muestra múltiples argumentos bíblicos para mostrar que el bautismo en el Espíritu Santo no necesariamente ha de ser en el momento de la conversión, o estar ligado a la regeneración, sino que hay gran cantidad de casos en el Nuevo Testamento en los que se trató de experiencias separadas. Según Lloyd-Jones ambas experiencias pueden ir juntas, pero también separadas. Para el doctor, la iglesia de su época necesitaba recibir el bautismo con el Espíritu Santo, creyente a creyente, de forma individual. Él dedicó los últimos años de su vida a estudiar este tema y el de la necesidad de un avivamiento y a predicar y escribir sobre ello.

A. B. Simpson argumentaba en la misma línea. En su caso lo hacía porque él mismo lo había experimentado. Su libro “Andando en el Espíritu” lo deja claro. Para él  debíamos ir en pos de una comunión intima con el Espíritu Santo, en una entrega total del yo para que fuera el Espíritu de Dios el que gobernara en nuestro ser, para una revelación espiritual y un conocimiento profundo de Jesucristo en nuestras almas.

Este es un tema que a priori es dado a conflictos y discusiones. No nos embarquemos en esto. Creo que es un tema en el que puede haber diferencias. Ninguna de las partes estamos negando a Jesucristo, su humanidad y divinidad. Tampoco que es la obra del Espíritu Santo en nosotros lo que nos hace aptos para creer, ni que nacemos en el Espíritu cuando nos entregamos a Jesucristo. Ninguna de las partes pone eso en duda. No nos peleemos absurdamente, ni dejemos de tener comunión unos con otros por un tema de palabras o terminologías. Quizás lo que unos llaman el bautismo con el Espíritu Santo otros lo llaman el ser llenos de Él o llegar a un conocimiento pleno (mental, espiritual y experimental) de Jesucristo. Por lo que busquemos que en nuestro ser el Espíritu gobierne cada vez más y nuestra carne (lo que somos sin Cristo) vaya muriéndose de hambre.

No cerremos nuestra mente a lo que las Escrituras nos quieren decir, ni dejemos que los excesos nos hagan caer en excesos de protección y seguridad que apaguen al Espíritu. No tengo un entendimiento claro sobre el tema, pero no cabe duda de que me inclino más hacia la sensatez de unos argumentos que de otros. Pero seguiré escudriñando el tema, amando y teniendo comunión completa con aquellos hermanos que tengan una opinión opuesta a la mía en esto. Pero ante todo sé que me falta mucho para vivir un cristianismo bíblico. Cuando leo el Nuevo Testamento veo otra clase de vida que la que yo tengo, y eso se llame de un modo u otro, es algo que nos ha concedido Jesucristo y que debemos buscar hallar.

Fotografía de Dani_vr bajo licencia Creative Commons

La reconquista de la Gloria de Dios

Y ahora Padre, glorifícame Tú al lado de Ti mismo, con la gloria que tenía junto a Ti antes de existir el mundo. (Juan 17:5 BTX)

Me ha llamado mucho la atención observar estas palabras de Jesús, en su oración la noche en la que fue arrestado. Jesús sabía que su momento había llegado, y acaba de hablar con sus discípulos, despidiéndose de ellos y explicándoles que El se iba para hacer venir al Espíritu. Ahora comprendemos la importancia de su partida para traernos al Espíritu.

Después Jesús comienza a orar, y algo de lo que le dice al Padre es esto:  “Y ahora Padre, glorifícame Tú al lado de Ti mismo, con la gloria que tenía junto a Ti antes de existir el mundo”. Lo que me llama la atención es que Jesús no dice “… con la gloria que tenía antes de ser hombre” sino “… con la gloria que tenía antes que el mundo existiese”.

Creo que no cometo un error al decir que la Gloria del Creador de alguna forma se vio empañada con la rebelión humana, con su caída. La cruz recuperó esa gloria inicial, y la llevó a niveles insospechados, aún para aquellos que eran asiduos a ella, los ángeles (1 Pedro 1:12).